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Federico
Novak es escritor inédito. Nacido en Chubut, república
Argentina, el 16-11-1977. Trabaja el género narrativo.
Escribió dos Nouvelles: «De Costado» y «Para
un Silencio sin Hilos». En el género Novela ha
escrito «La Pasta Blanca» y «El Uso del
Olvido»; también ha escrito, en colaboración,
otras dos novelas: «Hijo de Nadie» y «Al
Margen del Muerto».
Ha
sido distinguido en el género cuento en los siguientes
concursos:
2003
Honorarte Mención por,
«El
hielo Llora»
2005
Macedonio Fernandez
Segunda
Mención por,
«El
nivel académico»
2006
Macedonio Fernandez
Segundo
Premio por,
«Uñas
rotas»
También
ha escrito más de veinte cuentos, entre otros: «El
Reposo», «Todo es inútil», y «Disonancias»
contacto
con el autor
fedenovak@yahoo.com.ar
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decidió
(…) descansar un tiempo en la atmósfera
imbécil
de los amigos
J.C.O.
Vas a
venir ahora, vas a manosear mi recuerdo: la infeliz
inocencia de Mariana. Una pesadilla me irá alejando del
sueño; soplará tierra en mis ojos abiertos, en el
silencio que me seca el paladar.
Voy a
entornar los párpados ni bien sienta la llave en la
cerradura. Vas a venir y con tu llegada se va a
entorpecer en mí el insomnio, las horas de mis ojos,
gastadas en el techo.
Vas a
venir como todos los días, a la madrugada,
balanceándote, riendo, comentando cuestiones de la
noche, simulando estar borracho, acompañado por Pedro y
el Chueco: alfiles que trazan diagonales delante del
inventado vaivén de tu cuerpo; alfiles que apañan en
vos, inútiles cuestiones de la noche, vulgaridades
comentadas a los gritos, fragmentos de charlas con
mujeres, reales o apócrifas, las charlas o las mujeres.
Vas a
venir. Yo te estoy esperando; a diferencia de otras
veces, hoy te espero, necesito que llegues de una vez,
que aumentes mi mal dormir con las burlas de siempre,
que luego te pongas serio, cuando Pedro y el Chueco se
hayan ido, y me instigues a buscar a Mariana otra vez.
Pero hoy no puedo prometerte que se vayan a ensalivar
mis ojos duros y abiertos con tu arribo a la casa, hoy
quizá me vaya a resultar indiferente la burla y las
instigaciones que puedas hacerme. Sé que ni bien
termine la juerga vendrás para acá, con Pedro y con el
Chueco, vendrán a gritar contra la puerta de calle, a
poner el hombro contra el timbre y reírse: de mi mal
dormir, de mi silencio forzado y seco, de nosotros, de
la curtida mediocridad que nos fortalece o nos debilita
madrugada tras madrugada. Yo los quiero, y hoy
particularmente necesito descansar en la estupidez que
nos une; necesito que lleguen lo antes posible.
Vas a
luchar con la cerradura, Rey, y le vas a ganar; abrirás
bruscamente la puerta y no pondrás atención en los
sifones que dejé detrás de ella. Con Pedro y el Chueco
se reirán del ruido del vidrio contra el piso; luego,
silenciarás los rumores de la pavada y descubrirás sin
asombro, que una solicitud de silencio es la onomatopeya
de un sifón expulsando soda. Todas las madrugadas
descubrís las mismas cosas, Rey. A diferencia de otras
veces, hoy, necesito que llegues.
Pondrás
los pies sobre la escalera, los alfiles cruzarán
diagonales a tus espaldas y te ayudarán a subir
tomándote de los codos, contribuirán a que sea
creíble tu borrachera. Vos ahora estás en el boliche,
te puedo ver, serio y aburrido, temeroso y malhumorado,
ensombrecido por el ruido y por el humo, reservando
carcajadas para que yo me distraiga cuando llegues.
Tenés tan claro que lo que necesito es reírme.
Y
mientras vos debés estar haciendo crecer mentiras en
los oídos de los alfiles que te secundan, distante de
ellos unos metros, acodado contra la barra o con el
hombro en una columna; mientras le decís a Pedro que
aquella dama que huyó de vos recién, en realidad no
huyó; mientras le decís que en realidad la echaste y
que los tragos que tomaron los pagó ella. Mientras vos
le decís eso a Pedro, yo estoy en la cama, sin poder
dormir, buscando la forma y el momento de contarte que
consideré tu instigación, aquel convide que me
hiciste, aquella invitación a no ser cobarde, a buscar
a Mariana.
No veo la
hora de que regreses al departamento, necesito contarte
que tomé la decisión de buscarla, al menos de
hablarle; que tomé la decisión de hacerte caso. Ahora
busco algo con la mano en el suelo, al costado de la
cama, busco las oraciones, el Padre Nuestro y el Ave
María que me escribiste en rojo (ahora que lo pienso el
rojo no es un buen color para escribir oraciones, es un
color irritante, asociado al fuego o a la sangre) en una
hoja rayada cualquiera, así me la pediste, Dame una
hoja rayada cualquiera; repetir esto como un loro te va
a ayudar a dormir, me dijiste hace dos meses. Pero
hay algo en el suelo, arrojado ahora al lado de la cama,
al lado de las oraciones si es que están allí, que me
da miedo y las oscilaciones que provoca en mi brazo las
ganas de no tocarlo, me contractura el hombro y la
espalda. Siempre tengo las oraciones debajo de la
almohada, aunque ya no necesite repasarlas, aunque ya
las sepa de memoria, las guardo allí para que me den
suerte; no sé por qué ahora siento que el azar y la
religión son la misma cosa, Rey; será que estuve tan
revoltoso antes de acostarme, no sé qué hice con la
cama, lo cierto es que pongo los brazos debajo de la
almohada y no encuentro el rojo, la hoja, la raya sobre
la que escribiste «Perdona nuestras ofensas así como
nosotros perdonamos a los que nos ofenden»; esa raya
debe andar junto a las otras, sobre la hoja cualquiera
que me pediste hace dos meses, entre las pelusas del
suelo, absorbiendo algún líquido volcado en la
revuelta; debería estirar la mano y alcanzarla, pero
estuve tan revoltoso antes de acostarme, tan enemigo de
mí, que ahora no puedo hacer otra cosa que jugar con el
miedo, con la mano que se niega a tocar lo que hay en el
suelo y me contractura el hombro y la espalda. Sin
embargo tengo ganas de que llegues para decirte que te
perdono todo, las burlas, las mentiras, el ruido, los
alfiles… Ando con planes de perdonarle todo a todos,
Rey. Ando con ganas de romper el silencio, de poner
aunque sea una vez, la lengua contra el paladar. Estuve
tan revoltoso antes de acostarme, y después tan de
rodillas encima de la cama. Se me ocurre que debo haber
estado así por la decisión de hacerte caso, de
enfrentar a Mariana. Debo haber estado así porque la
relación con ella está cerrada y no tendría qué
decirle, por qué buscarla.
De un
momento a otro vas a llegar, estoy ansioso, con el
hombro contracturado y ansioso por oír los sifones, la
puerta del baño golpeada por el Chueco, los eructos,
las risas inventadas, el buen humor al que se obligan
para tolerarse las mentiras y hacer más ameno el hecho
de quererse. Estoy tan ansioso que me dan ganas de
ponerme detrás de la puerta para recibirlos, para
evitar que rompan los sifones, pero hay dos cosas que no
me permiten bajar de la cama: el miedo de lo que pueda
haber en el piso y lo que mi mente saborea ahora: un
recuerdo estéril, viscoso, de trajín regular, inodoro,
de ritmo metódico; el hombre, yo, arriba; la mujer,
Mariana, abajo; tres o cuatro frases obscenas toleradas
por ella, susurradas en el oído con saliva, el valor
moral que yo pudiera darle al recato de Mariana, la
mentira de que el verdadero amor no contempla formas
carnales, el entusiasmo de ella con esa frase salida de
mi boca junto al humo de un cigarrillo, dicha por mí,
boca arriba en la cama, el miembro recostado sobre la
pierna; ella, Mariana, estática a mi lado, con mi
cuerpo generándole las mismas contracturas, los mismos
miedos y las mismas oscilaciones que a mí me genera el
hecho de saberme revoltoso hace un rato, el hecho de
saberme enemigo de mí, tan brutalmente enojado conmigo.
Mi mente
saborea un recuerdo y a mí me gustaría saber qué hora
es, Rey; te imagino saliendo del boliche, entusiasmado
con el oxígeno del afuera, oliéndote el humo
impregnado en la camisa, mareado, no tanto por los
tragos como por las obsecuentes diagonales de los
alfiles. La mente en blanco, sin aviso, te sienta en el
auto y te ayuda a conducir. Te imagino endureciendo la
sonrisa, mínima, contra los gritos de Pedro en el
asiento trasero; azulando el odio que genera el sueño
roncado del Chueco frente a la guantera; te imagino
sacando la cabeza por la ventanilla para que no se
ennegrezca, para que el odio se ventile.
Ahora
oigo las risas, las bisagras del portón, el motor del
auto, el malhumor que sale de tu cuerpo como en un
hechizo y se queja contra el techo del auto. Necesito
que entres de una vez a enterarte de las buenas nuevas.
Necesito contarte que tomé la decisión de hacerte
caso, que ni bien te fuiste al boliche con los alfiles,
la llamé a Mariana, le dije que me parecía útil
encontrarme con ella y devolverle el cepillo y el
camisón que habían quedado en mí casa, casa que desde
hace tres meses es nuestra, Rey; quiero contarte que la
encontré de buen humor y me dio miedo, la escuché
segura, feliz y me dio mucho miedo. Me dijo que estaba
cerca del departamento y que en media hora pasaba.
Tendría que haberme puesto contento, Rey, ya lo sé,
pero me dio mucho miedo.
Ahora
oigo tu lucha con la cerradura, me quedo tranquilo
porque sé que le vas a ganar. Te ayudaría, pero no
puedo bajarme de la cama, necesito que entres de una
vez, estoy tan ansioso, tan lleno de ganas de contarte
que te hice caso. Ahora escucho un eructo en la escalera
y me pongo contento porque no oí el ruido de los
sifones contra el piso, ni las risas que genera el ruido
del vidrio contra la baldosa. Los oigo en la escalera e
imagino las diagonales de los alfiles para tomarte de
los codos y ayudarte a subir; ahora me pregunto cómo es
que todavía no saben que es mentira que estás
borracho, en realidad creo que omiten todas tus mentiras
para no tener que pelear por el trono. Escucho golpes de
ollas y risas en la cocina, a Pedro y al Chueco riendo,
abriendo y cerrando la tapa del horno, siempre llegan
con hambre. A vos no te oigo en la cocina, Rey. Siento
un jadeo en el descanso de la escalera, como si hubieras
descubierto algo que te altera los nervios. Somos tan
parecidos, hace un rato yo jadeaba igual, estuve tan
revoltoso antes de acostarme, tan convencido de hacerte
caso; pero Mariana vino muy distinta, muy ajena, y todo
lo que conversamos me dio mucho miedo y a mí el viento
fresco no me ayuda a ventilar el odio y azularlo, a no
dejar que se ennegrezca. Debés estar jadeando porque
ella dejó tirado el camisón y el cepillo en el
descanso de la escalera; debés tener la prenda en la
mano, rota, estuvo tan revoltosa como yo antes de
acostarme. Creo que no tengo fe en Dios, Rey, por eso
repetir las oraciones o contar ovejas me hubiera dado lo
mismo. Ahora que estás aquí tal vez sólo vaya a poder
contarte que ella quiso irse, y yo había pensado
echarla, pero para que eso fuera posible tendría ella
que haberme hecho algún reproche, y sólo estaba ajena,
con ganas de irse. Necesito que me hablés, Rey, que te
burles de mí, que le recomiendes a los alfiles que no
me molesten, que les digas que estoy durmiendo.
Ahora
abrís la puerta del dormitorio, espero que no enciendas
la luz, me da vergüenza haber estado tan revoltoso.
Pongo los brazos debajo de la almohada y no encuentro el
rojo, la hoja, la raya sobre la que escribiste «Perdona
nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a los que
nos ofenden».
Encendés la luz y
descubrís que la raya está junto a las otras, sobre la
hoja cualquiera que me pediste hace dos meses, absorbe
la sangre volcada en la revuelta; estuve tan enemigo de
mí, Rey, que ahora no puedo darme vuelta y mirarte
gritar, no puedo romper el silencio; no puedo girar por
la contractura del hombro y la espalda, no puedo tocar
el cuerpo de Mariana: me da miedo porque está muerta y
porque le hubiera dado asco que la toque. Sabé que te
perdono todo, las burlas, las mentiras, el ruido, los
alfiles… Ando con planes de perdonarle todo a todos,
Rey. Estuve tan revoltoso antes de acostarme, y después
tan de rodillas encima de la cama.
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