LA GÉNESIS DE INGLATERRA

por Rubén Luis González

 

 

Romanización y cristianismo

En su obra “La ruina de Britania”, el sacerdote cristiano de nombre Gildas apunta que las centurias romanas, fieles a un patricio conjurado, salieron del actual Reino Unido entre los años 400 y 420 D.C., y que jamás regresarían. Ahora conocemos al usurpador y determinados hechos. Los conocemos en la fragilidad histórica, donde el tiempo evade cualquier significado. Pero es absurdo no entrever que los fundamentos para disputar la Galia (hoy Francia) eran innobles; acaso profanar un gobierno que se diluía. La memoria de Gildas, en cambio, describe con exactitud a otras leyendas obligadas : Julio César, todavía humano, y los estandartes imperiales dominando Kent, en el 55 A.C. Ese entreacto de la historia inglesa, aún sobrecogedor, en que los latinos sometieron a dos pueblos celtas (britanos y gaeles), exhibe a Roma haciendo el prodigio, ni causal ni último, que tantos despotismos no supieron transcribir, antes o luego. Esto es romanizar. El sentido de este verbo demandaría páginas y páginas menos insustanciales. No obstante, la siguiente conjetura parece franca y epilogal. Los romanos convertían a sus enemigos, sin que éstos lo percibieran, en otros romanos. Tan iguales a ellos como la barbarie de sus legiones, como el esplendor de su cultura (atesorada en Grecia), afectaba a los vencidos. Cada región y período construyó una metamorfosis distinta. Sin embargo, la cualidad es firme, salvo penosas o bellas excepciones. 
Quienes van por la bruma londinense, refutarían que esas calles venerables eran, en principio, un fuerte, después un caserío, llamado Londinium por el ignoto general Aulo Plaucio, aquel personaje obseso en detener al caudillo britano Caractaco(1). Aulio Plaucio no debió imaginar el futuro esplendor de su creación. El tiempo, quizás no Inglaterra, ha querido preservar de esa época rigurosos vestigios como los baños termales de Bath o la muralla de Adriano, entre Carlisle y Newcastle, concebida hacia el 130 D.C. para disuadir, alternativamente, a caledonios, pictos y escotos, de todo avance en el norte (un método gentil si lo comparamos con las brutalidad que los ingleses venideros practicarían sobre el reino escocés). El tiempo, quizás no Inglaterra, ha querido preservar en la sangre de los ingleses una juntura de pragmatismo y soberbia, entre tanta virtud, entre tanto odio, jamás inadvertida en los romanos. Pero ajena a los celtas. Y a pueblo alguno de la Germania(2).
El empeño secular de Gildas no logra resumir los orígenes del cristianismo en Britania, pese a lo cual, en vista de su crónica y de otras más dudosas al respecto, como “La historia de Britania” atribuida a Nennius(3) o “La historia eclesiástica de la nación inglesa” compuesta por el sacerdote Beda(4), inferimos esta idea : la cristiandad en Inglaterra fue un hallazgo de la rebeldía celta, que los romanos aprobaron, instintivamente. En silencio. 

1 Finalmente Aulio Plaucio derrotó a Caractaco. Éste fue conducido a Roma, en compañía de sus allegados, donde pudo notar la indulgencia del emperador Claudio. 
2 Me refiero particularmente a jutos, anglos y sajones, cuya intrusión en las islas es posterior. 
3 Acerca de Nennius nada me consta. Ni siquiera su existencia.
4 Beda fue un northumbrio, apodado “el venerable”, nacido en el año 673 D.C. Dedicó su vida a investigar diversas cuestiones relacionadas con la historia, las ciencias y la teología, dejando por escrito muchas de aquellas ponderaciones. Habitó el Monasterio de Jarrow, próximo a la moderna Newcastle, bajo los auspicios del noble Benito Biscop, quien escoltó desde Roma a Teodoro de Tarso, el reformador del clero inglés. Entre varios asuntos, Beda apreció la esfericidad de la Tierra o la influencia lunar sobre las mareas, explicando, asimismo, cierta imperfección en el calendario juliano. Estudió y tradujo con nitidez muchos pasajes bíblicos. Sus narraciones históricas son excepcionales frente al cúmulo de tergiversaciones advertidas en casi todos los cronistas de la época. Por desgracia, profesaba una gran hostilidad hacia los celtas. Esto opone algún reparo a la verosimilitud de su “Historia eclesiástica de la nación inglesa”. En particular, el capítulo dedicado a Caedmon de Whitby, primer poeta inglés, resulta maravilloso, quizás porque, cualquier mención a un poeta arcano, lo es.

El desafío cristiano

Un mito, apócrifo como cualquiera, estima que la fundación de la Abadía de Glastonbury (para los ingleses, el santuario emblemático) fue obra del piadoso José de Arimatea, al tiempo que Vespasiano era ungido en Roma. Advertimos a José de Arimatea, aquel judío próspero cercano a Jesús, quien de acuerdo al Nuevo Testamento, ya realizada la crucifixión y bajo el fuero inimaginable de Poncio Pilatos, dio sepultura a Cristo, convirtiéndose luego en protector del Santo Grial. La leyenda transita una sospecha que deberíamos excluir. Ningún testimonio avala a José como el antiguo conversor de Britania. En cambio, resulta sugestivo que las tradiciones nominen a Glastonbury con la siguiente dualidad: allí se ubica el remoto sagrario de los celtas y, también, aquella Abadía pura en la cristianización de Inglaterra. Aunque los siglos y las creencias horadan el proceso historiográfico, observamos a Glastonbury como un hecho inequívoco de laxitud religiosa. Necesariamente inmunes a cualquier barrera teologal (lo que no constituye apostasía sino justa prescindencia), es bien fundado que Roma intentó asesinar a Jesús mientras ignoraba qué hacer con Cristo. Tal disyuntiva manifiesta una repetición común a todo absolutismo, sin exceptuar a los gobiernos, en apariencia, menos brutales. Los romanos transitaron la monarquía, la república y el imperio. Además, obviando períodos y sistemas, ellos conocieron infinitas autocracias en la gama heterodoxa de sus líderes. Luego, ¿qué repetición evocamos? El despotismo es avasallante cuando enfrenta lo reducible por la violencia o el discurso. Sin embargo, la fe (hablamos de ninguna fe en particular y de todas) establece un gobierno paralelo al gobierno, con reglas atribuidas a los dioses. La intangibilidad demanda exegetas para conciliar lo metafísico y lo profano, una labor que transmigra al clero en árbitros de la ley divina. Esta manipulación funda extrañezas y, paradójicamente, un vacío de ley. Cabría entender a las religiones como formas despóticas singulares, donde el autócrata no es sujeto y, por consecuencia, en el fervor del creyente, superior a cualquier humano. Perfecto. Yendo líneas antes, un despotismo no reducible bajo el discurso y la violencia de otro despotismo. 
Roma no sabía qué hacer con el Cristianismo. Una lista de omisiones, blasfemias, conformidades y ulteriores acosos, una lista obvia y documentada, apoya esta idea. El modo insumiso y oscuro en que Roma facultó la proeza cristiana, hasta convertir esa fe en el culto imperial (época de Constantino, 320 D.C.), nos revela la inmodestia de aquellas civilizaciones únicas. 
También su esplendor.